Sexología

MICRORELATO ERÓTICO 12

Últimamente me había estado acostando con rollos de una noche, es difícil que en una noche sepa todo lo que me gusta y cómo me gusta. Por mucha comunicación que se intente tener, a veces, depende también de lo que cada uno busque. Normalmente me han tocado chicos que piensan más en su propio placer que en el mío. Así que algunas de esas noches han sido para olvidar. Otras he disfrutado, pero las copitas de más a veces ayudan a perder la poca vergüenza que me queda cuando me voy a la cama con alguien.
La verdad es que estaba cansada de tanto rollo de una noche, no estaba pasando una buena época, románticamente hablando. Me dejó mi ex, tras cinco años juntos, y empecé esta vida loca de adolescente treintañera.  En la vida, todos perdemos el norte alguna vez, y yo lo perdí. Así que decidí irme a encontrarlo, me fui con dos amigas a hacer el camino de Santiago. Quería despejarme, evadirme un poco de todo esto y es allí dónde empieza mi historia.

Dicen que el andar ayuda a pensar y evadirse, pero yo quería perderme para encontrarme. Así que nos fuimos en pleno mes de Junio, Carla, Rocío y yo. Es cierto que vas andando y te vas juntando con más gente, con gente que acabas coincidiendo en varios de los albergues, en las duchas, zonas de descanso… Es allí dónde conocimos a un grupo de  cinco amigos, tres chicos y dos chicas. Que siempre se juntaban para hacer un viaje al año, ya que eran amigos desde la infancia.
Desde el primer momento hice muy buenas migas con Miguel y Amaia, dos Valencianos muy abiertos y graciosos. Nos pasábamos el camino hablando de nuestra vida: a qué nos dedicábamos, si teníamos pareja o hijos, si nos habíamos casado, si nos gustaban los animales… básicamente conociéndonos.
Conecté tanto con ambos que los sentía como si fuesen amigos míos de toda la vida, es que el camino da para mucho. Cuando llegábamos al albergue intentábamos siempre juntarnos en camas cercanas. Y para no molestar, solíamos salir a hablar fuera, pero Miguel siempre se iba antes a dormir, así que nos quedábamos Amaia y yo fuera hablando. Una de las noches,  cuando nos quedamos solas, Amaia me dijo que le encantaba pasar las horas conmigo, que había conectado tanto que hasta ella misma se extrañaba. La verdad es que me encantaba estar con ella, me transmitía una paz interior, una confianza, que acabé contándole toda mi vida privada, tanto lo mío con mi ex, cómo mi etapa de acostarme con todo el mundo.
Ella me contó que sabe lo que es eso, porque pasó por algo parecido con su ex. La dejó y se le desplomó su mundo. Todo lo que había construido con él, se le cayó, dejándola destrozada. Pero…”de todo se sale”, esas fueron sus sabias palabras.

Cada día que pasaba, me sentía con más ganas de estar con ella, de hablar, de hacerle cualquier tontería para verla sonreír. Cualquier gesto suyo, me daba un chute de felicidad instantánea que me duraba todo el día.
De repente noté que uno de sus amigos no paraba de buscarla, de tirarle indirectas y mostrar interés. No sé que me pasó, pero me enfadé, me enfadé con ella y durante todo el día estuve más distante, más seca.  ¿Qué me estaba pasando? Esto era nuevo para mí. ¿Estaba celosa?
¡No puede ser!
  ¿Entonces, por qué me enfadaba? Era todo muy extraño.
Al llegar la noche, ella me dijo de salir a hablar y le dije que no, que se fuera con su amigo. Ella me miró con cara de: “¿qué estás diciendo?”, pero me fui hacia dentro del albergue y me acosté en la cama. No podía dormir, era evidente, pero no podía dejar de pensar en ella y en qué me estaba pasando para sentirme así de celosa.
Sumida en mis pensamientos de repente noté que alguien me empujaba de mi cama, era Amaia, que se metió en mi cama y me dijo:
-Si tú no quieres venir a hablar, vengo yo.
Sentirla ahí tan cerca, me hizo ponerme nerviosa. Notaba sus pechos en mi espalda y me puse roja como un tomate. Así que, aprovechando que no había  luz, más allá que la linterna de su móvil me giré frente a ella y, mientras me estaba echando una bronca sin entender por qué me había comportado así durante todo el día, le di un beso. Al ver que no se apartaba, abrí mi boca para dejar salir mi lengua y buscar la suya. No sabía que estaba pasando pero yo estaba encantada.

Todo estaba en silencio, la gente dormía a nuestro alrededor, y nosotras nos habíamos sumergido en un mundo paralelo dónde sólo estábamos nosotras besándonos.
Noté como ella ponía su mano debajo de mi camiseta acariciándome la espalda, de arriba abajo sin dejar de besarme. Decidí seguir su ejemplo y acaricie sus pechos por encima del sujetador, que no tardé en desabrochar para dejar su espalda al aire. No sé si era el morbo de estar con más gente allí o que estaba acariciando y besando a una mujer. Lo único que yo quería en ese momento, es que no se terminara nunca. Quería más de ella, y no me importaba que hubiese más gente a nuestro alrededor.
Noté su mano bajando por mi espalda para luego subir con la camiseta detrás. La ayudé a quitármela mientras ella no dejaba de besarme. Me empezó a besar el cuello, lento y suave, bajando por mis pechos hasta encontrarse con mis pezones. Sus manos inexpertas como las mías, no dejaban de acariciar mi cuerpo de forma sensual. Notaba mi excitación y decidí llevar la iniciativa subiéndome encima de ella para besar su cuerpo, centímetro a centímetro, al mismo tiempo q subía mis manos por sus muslos, acariciando su entrepierna, sin llegar a su sexo. Mientras nuestras bocas se encontraban, pasé sutilmente mis dedos por encima de su sexo, sólo acariciando de forma muy leve. Noté cómo se estremeció al notar el roce de mis dedos que pasaban, una y otra vez, sin llegar a profundizar.
Fue entonces cuando  ella me cogió la mano presionándola sobre su clítoris, quería que la tocase sin más dilación. Pero yo quería hacerla sufrir un poco, que esperara.
Puse mi pierna derecha entre sus piernas, quedando la suya entre las mías, y me empecé a mover suavemente mientras añadí mi mano acariciando su clítoris.
Sentí su excitación, estaba muy húmeda, y eso me excitaba más aún. Movía mi pierna y mi mano de arriba abajo al compás, mientras ella luchaba para no gemir muy alto. Fue rápida y puso su mano en mi sexo, notando mi excitación rápidamente. No puede evitar que se me escapara un gemido. Ella no dejaba de acariciar mi clítoris mientras yo acariciaba el suyo presionándolo contra mi pierna.
Ambas estábamos tan excitadas que llegó un punto en que nos daba igual si nos escuchaban o no. Se incorporó como pudo haciendo que me subiese encima de ella con las dos piernas rodeándola. Puso su mano  izquierda en mi espalda acercándome hacia ella, y con su mano derecha empezó a tocarme. Me cogí a ella fuerte y me movía rápidamente mientras ella no dejaba de acariciar mi clítoris. Los movimientos eran cada vez mayores y más rápidos. Ella no dejaba de besarme el cuello, los pechos… todo lo que se ponía delante de su boca. Yo la apretaba para evitar que mis gemiros se escaparan de mi boca. No tardé en dejarme llevar tanto que me hizo explotar de placer, sumida en un orgasmo muy intenso que me dejó prácticamente sin conocimiento. Pero me recuperé rápidamente para dar la vuelta a la situación, acercándome a su sexo para poner mi lengua en su clítoris. Moviendo la lengua de arriba abajo, derecha a izquierda para notar como explotó de placer.
No fuimos muy silenciosas pero, lo que acababa de vivir era toda una experiencia que me hacía olvidar todo el resto.

Me perdí en Madrid, y me encontré en Santiago. Y a día de hoy, sigo con esta valenciana que no sólo me hizo estremecer y enamorarme, sino que fue mi brújula en el camino.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *