Siempre he defendido lo que siento, me ha importado una mierda lo que la gente pensara u opinara sobre mí. Siempre me han gustado las mujeres y lo he vivido con naturalidad, pese a que no vivo en una gran ciudad. Mi familia siempre me ha apoyado y me han dejado que sea lo que siento. He estado con algunas mujeres, pero últimamente me encanta una. Es verla y se me quitan los males.
Somos amigas desde que éramos pequeñas. Siempre jugando juntas, descubriendo el mundo juntas, creciendo y estando la una para la otra en todo momento.
Lidia, que así se llama, es una chica de 25 años. Es de las típicas personas que cuando las conoces suelen caer mal a la gente. Parece seca, y a simple vista, parece que siempre esté enfadada. Pero luego no es así, porque eso es solo una fachada que tiene. Yo siempre le digo que eso es una barrera que se pone ella para protegerse de la mala gente, de esas personas que se meten dentro de ti y acaban haciéndote daño, por eso ella utiliza su pared, su fortaleza, para protegerse.
Dónde la gente ve antipatía, yo veo dolor. Tal vez porque la conozco, pero sé que esa barrera y ese estado es algo superficial. Siempre la he visto como una amiga, pero últimamente me he dado cuenta que lo que siento va más allá de una simple amistad. Siempre tengo ganas de verla, espero que llegue el momento de quedar y ver su sonrisa, de que me haga bromas y me pregunte:“¿qué tal ?”. La verdad es que ya no la miro de la misma forma, porque ahora cuando la miro tengo ganas de besarla, de abrazarla y de poder decirle todo lo que estoy sintiendo en este momento.
Me gusta la sonrisa que me dedica cuando llego, que de vez en cuando me diga tonterías para hacerme sonreír, que esté pendiente de mi cuando tengo un mal día, pero sobre todo, que cuente conmigo para alegrarle yo a ella el día. Porque me encanta hacerla sonreír, me gusta poder convertir un día malo suyo, en un día un poquito mejor. Porque para eso están las amigas, pero yo quiero más aunque ella no lo sepa.
Nos fuimos a la manifestación del día del orgullo, ella no había ido nunca y yo estaba encantada de que me acompañara. Lidia es una chica atractiva, y llama bastante la atención de los hombres. Ella lleva un tiempo sin novio, según dice, porque quiere un poco centrarse en su vida porque lleva mucho cacao en la cabeza. Yo creía que le gustaba otro, pero que no quería decírmelo.
Ese día nos fuimos a la manifestación y empezamos a beber unas cervezas. Lidia lo estaba disfrutando como la que más, bailando, cantando, riendo… pero más yo de verla así. Se nos acercaron varias chicas intentando ligar con nosotras, pero ella enseguida decía que éramos pareja, y me cogía de la mano. Cuando se acercaba alguien, enseguida me daba un pico y así conseguía espantarlas.Esto estaba provocando que yo quisiera que se acercaran más para así que me diese un beso. La verdad es que nunca había tenido este comportamiento conmigo, pero a mi me encantaba.
Aproveché uno de esos momentos, cuando conocimos a un grupo de chicas, para ser ahora yo la que le diese el beso. Pero esta vez ,sin que ella lo esperara, abrí la boca un poco para dejar salir mi lengua, y así, encontrarme con la suya. Nuestras lenguas parecían conocerse bien, entrelazadas en un beso que me hizo flotar. Rápidamente ella se apartó, con cara de no saber muy bien lo que estaba pasando.
Yo me asusté, porque no me gustaría perderla como amiga, pero tenía que ocultar ese miedo. Así que hice como si nada. La noche transcurrió como si nada, nos fuimos a un pub, y estuvimos de fiesta como si tal cosa no hubiese pasado. Yo me moría por repetirlo, quería poder juntar nuestras lenguas y volver a sentirla cerca. Estábamos bailando “despacito” de Luis Fonsi, susurrándole al oído: “quiero desnudarte a besos despacito” y “déjame sobrepasar tus zonas de peligro,hasta provocar tus gritos…” todo muy sutil. Pero cada vez estábamos más cerca la una de la otra, y mis ganas de besarla y tocarla iban en aumento. No pude resistirme más y la besé, rodeándola con mis brazos. Ella se dejó llevar y se hundió en nuestro beso. Me cogió suavemente del cuello sin parar de besarme. No podía creer lo que estaba pasando, lo deseaba tanto que no creía que fuese posible.
Seguimos bailando y tonteando, y yo cada vez estaba más excitada, sus labios rozando mi cuello, me hacía estremecer. Me sentía mojada. Le susurré al oído si quería que nos fuésemos de allí,ella sonriendo aceptó.
Llegamos a mi piso, y nada más cerrar la puerta me abalancé sobre ella, apoyándola contra la puerta empecé a besarle el cuello. Subí hasta sus labios, mordisqueándolo un poco. Levanté su camiseta para besar sus pechos, bajando por su cuerpo hasta el pantalón. Me moría por hacerla mía allí mismo.
Ella me quitó la camiseta , bajando mientras me besaba. Me llevó hasta mi cama y me tumbó subiéndose encima. Me tapó los ojos y empezó a besarme con suavidad desde la nariz, pasando por mi boca para mordérmela con picardía. Me sentía excitada y solo quería tocarla, pero ella no me dejaba. Me encantaba lo que estaba haciendo, así que me dejé llevar. Seguía besándome bajando por mis pechos, se detuvo a lamer mi pezón. Ella sabía lo que me gustaba, puesto que lo habíamos hablado muchas veces. Pasaba su mano entre mis muslos, rozándome suavemente para desatar todavía más mi humedad. Sus besos , cada vez más húmedos, iban bajando por mi ombligo para lamerme la zona superior de la vagina. No podía más, me estaba haciendo estremecer, me subía el calor por el cuerpo. No podía evitarlo, intenté tocarla pero ella siguió impidiéndomelo. Se subió encima de mi, con sus piernas abierta, y noté que su cuerpo estaba totalmente desnudo, cuando cogió mi mano y la pasó por sus pechos suavemente para que yo los tocara. Fue bajando poco a poco hasta encontrar su sexo, que empecé a acariciar de forma lenta. Noté su humedad, ella también estaba muy excitada, y eso me gustaba. Destapé mis ojos y me incorporé un poco, quedando ella sentada encima de mí, quedando yo también sentada. Mis dedos jugaban con su sexo, rozaba su clítoris y no paraba de arquearse, gemir y jadear. Me estaba poniendo tanto que no podía creer que estuviese pasando de verdad. Seguí sin perder el compás, introduciendo un dedo, sacándolo para acariciar su clítoris, haciendo círculos sobre él. Ella me pedía más, así que la tumbé en la cama, y sin dejar de acariciarla, uní mi lengua a su clítoris. Estalló de placer, gimiendo sin descanso hasta que alcanzó el orgasmo. Fue increíble, me encantó. Aunque seguimos durante unas horas más.
Y ahora, después de casi un año juntas, lo celebramos haciendo exactamente lo mismo que ese día pasó, disfrutamos el día del orgullo, para terminar orgullosas en la cama.
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